Estimada Editora:
A más de cuatro décadas del inicio de la epidemia de VIH, la disminución de la mortalidad
y la cronificación de la infección han desplazado el eje del problema desde la supervivencia
hacia la calidad de vida, revelando una deuda persistente con la salud mental. En este nuevo
escenario clínico, la conducta suicida emerge como una de las expresiones más graves y,
paradójicamente, menos visibilizadas en la atención hospitalaria de las personas que viven
con VIH, incluso en sistemas de salud con amplia cobertura terapéutica.(1,2) En los últimos
años, la reducción de la mortalidad asociada al VIH ha desplazado el foco hacia desafíos de
salud mental que impactan de forma directa la calidad de vida, la adherencia al tratamiento
antirretroviral y la utilización de los servicios sanitarios. Diversos estudios reportan que la
ideación suicida en esta población supera consistentemente a la observada en la población
general, lo que obliga a reconsiderar los enfoques tradicionales de atención psiquiátrica en
contextos hospitalarios. (2)
El análisis de la conducta suicida en personas con VIH revela una interacción compleja de
factores clínicos, psicológicos y sociales, con particularidades que la diferencian de otros
grupos de pacientes crónicos. La depresión mayor, los trastornos de ansiedad y el consumo
de sustancias psicoactivas se presentan con elevada frecuencia y actúan como moduladores
del riesgo suicida, especialmente en etapas tempranas del diagnóstico o ante la presencia de
comorbilidades médicas.(3) A ello se suma el impacto del estigma social y la
autoestigmatización, fenómenos ampliamente documentados en contextos latinoamericanos,
que intensifican la desesperanza, el aislamiento y la percepción de carga, todos ellos
predictores bien establecidos de conducta suicida.(4)
Desde la práctica clínica hospitalaria, se constata que estos factores no siempre son
identificados de forma oportuna, (1-3) La evaluación del riesgo suicida continúa dependiendo,
en muchos escenarios, del juicio clínico no estructurado, lo que favorece el subregistro de
ideación suicida pasiva o ambivalente. Herramientas validadas como la Escala de Ideación
Suicida de Beck o la Columbia-Suicide Severity Rating Scale han demostrado mejorar la
detección temprana y la estratificación del riesgo; sin embargo, su implementación
sistemática sigue siendo irregular en unidades hospitalarias no especializadas. Nuestra
experiencia clínica coincide con estos hallazgos: la incorporación del cribado estructurado
permite identificar un número significativo de pacientes en riesgo que no son detectados
mediante la evaluación clínica convencional.
En este contexto, los modelos de atención integrados adquieren especial relevancia. Estudios
realizados en servicios hospitalarios de América Latina muestran que la coordinación entre
psiquiatría, psicología clínica, trabajo social y los equipos médicos responsables del manejo