En este contexto, el concepto de epidemia silenciosa es adquisidor de gran relevancia.
Aunque el aumento de diagnósticos en el adulto no necesariamente refleja un incremento
real en la prevalencia del trastorno, sino una mayor visibilidad de un fenómeno ignorado.
Durante décadas, la Psiquiatría ha expuesto el modelo infantilizado de este trastorno, lo que
limita la capacidad en la identificación de las manifestaciones atípicas, que se presentan de
forma sutil en la adultez. Este sesgo histórico, al limitar el diagnóstico, genera consecuencias
profundas para los afectados. Para autores como Palmini (3) y Carrasco,(4) muchos adultos con
esta condición atraviesan su vida académica y laboral con dificultades persistentes que, de
forma errada, se les atribuyen a rasgos de la personalidad, falta de disciplina o concentración
y problemas emocionales inespecíficos.
La carga funcional del TDAH adulto es considerable y en muchos casos subestimada.(5) La
variabilidad en el rendimiento, propia del trastorno, puede generar percepciones equivocadas
sobre inconsistencia o falta de compromiso, lo que, a su vez, contribuye al estigma y la
autoatribución negativa. Además, la presencia del hiperfoco, como fenómeno paradójico en
el que la persona se sumerge de forma intensa en actividades de alto interés, puede afectar la
percepción clínica y dificultar la identificación del trastorno; patrón que, lejos de contradecir
el diagnóstico, forma parte de la complejidad neurocognitiva en el paciente adulto.(3)
Actualizar los criterios diagnósticos es una necesidad evidente, pues los sistemas
clasificatorios actuales permanecen anclados a descripciones centradas en la infancia. La
inclusión de criterios específicos para la adultez, así como la validación de escalas adaptadas
y la incorporación de indicadores funcionales, podrían mejorar la precisión diagnóstica y
reducir la brecha existente. Además, se requiere de un enfoque más flexible que reconozca
la heterogeneidad del trastorno y permita identificar subtipos clínicos con trayectorias
evolutivas distintas.(6)
El reconocimiento del TDAH adulto como un fenotipo emergente abre nuevas posibilidades
de intervención. La combinación del tratamiento farmacológico, psicoterapia cognitivo-
conductual adaptada, entrenamiento de las habilidades ejecutivas y estrategias de regulación
emocional demuestran la eficacia en la reducción de los síntomas y la mejora del
funcionamiento global. Sin embargo, a pesar de sus ventajas, estas son dependientes de un
diagnóstico oportuno, lo que refuerza la necesidad de adoptar nuevas medidas.
Los autores recomiendan investigar las características neurobiológicas de la entidad, así
como el comportamiento de la interacción entre factores genéticos y ambientales, y evaluar
la utilidad de modelos dimensionales que superen las limitaciones de las categorías
diagnósticas tradiciones. Asimismo, se debe brindar especial atención a la trayectoria vital,
desde la infancia hasta la adultez, para identificar patrones evolutivos y factores de riesgo
asociados a la persistencia o aparición tardía de síntomas.