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a las condiciones de su existencia. También en un ámbito general, se dedica al estudio
del encéfalo y cómo funcionan dentro de él, no tan solo las enfermedades mentales.
Si unimos ambos términos obtenemos la epidemiología psiquiátrica, aunque en la
actualidad se maneja también el término epidemiología de los trastornos mentales. Este
se adentra en la distribución de los estados de salud de la población y la influencia de
los factores ambientales, genéticos o estilos de vida en la presencia o ausencia de
enfermedad mental. Aunque mantiene estrecha relación con la epidemiología clínica y
la salud pública, esta rama solo se define por su objeto de estudio y es ecléctica con
respecto a las teorías sobre la causa de la enfermedad.
(1)
Coincidimos con Kelsall
(2)
en que las aplicaciones de la epidemiología en psiquiatría
incluyen investigar la prevalencia de los trastornos en una población, los factores de
riesgo para presentar algunos de ellos, entender cómo funcionan de manera
neurobiológica y social, evaluar los programas de educación y prevención, pudiéndose
también aplicar en las pruebas controladas aleatorizadas donde se evalúan tratamientos
psicológicos y medicamentos usados para las enfermedades psiquiátricas.
A mediados de los años noventa, la Universidad de Harvard y la Organización Mundial
de la Salud (OMS) publicaron, en el ahora famoso texto The Global Burden of Disease,
una noticia que sorprendió a muchos: para el año 2020, la depresión mayor unipolar
sería la segunda causa de enfermedad más importante en el mundo, en términos de su
peso global. A esta conclusión se llega al evaluar la enfermedad mediante indicadores
compuestos como el de años de vida saludable ajustados por discapacidad o por muerte
prematura, y no únicamente por el volumen de su mortalidad. Cuando se utilizan
indicadores compuestos, los trastornos mentales que tienen una larga duración, una
edad de inicio más temprana, naturaleza crónica, alta prevalencia, pocos tratamientos
eficaces y alto riesgo de producir discapacidad, incrementan su importancia como
problemas de salud pública. Además de la depresión mayor unipolar, en este grupo de
padecimientos se encuentran los desórdenes bipolares, el suicidio, los trastornos
obsesivo-compulsivos, la esquizofrenia y los trastornos derivados del uso de alcohol. Por
esta razón, el estudio de los trastornos mentales es una parte sustantiva de la
investigación epidemiológica y seguirá siéndolo mientras su presencia como causa de
enfermedad y discapacidad sea tan importante.
(3)
Gracias a los avances de la epidemiología psiquiátrica se demostró que entre el 10 % y
15 % de la población mundial sufría enfermedades mentales; el 20 % de los enfermos
que buscaban atención en los centros de atención primaria presentaba una o más de la
referida afección, muchas veces sin diagnóstico; y una de cada cuatro familias tenía al
menos un miembro con algún trastorno mental o de comportamiento. Las enfermedades
mentales constituyen el 12 % de la carga global de las enfermedades en el mundo y el
24 % de esa carga en la región de las Américas. Se calcula que el número de personas
con trastornos mentales en la región de las Américas aumentó de 114 millones en 1990
a 176 millones en el 2010. Ya en el 2000, este tipo de trastornos representaba el 24 %
de la carga de enfermedades en la región, y la depresión constituyó su principal
componente. En la mayoría de los países los hospitales psiquiátricos seguían siendo la