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Con respecto a los conflictos bélicos, tanto la neurosis de guerra como la fatiga de
combate fueron responsabilizadas con el incremento de la solicitud y asignación de
fondos a profesionales dedicados a la psiquiatría, los cuales ascendieron de 35 miembros
al inicio de la II Guerra Mundial hasta más de 1000 al final de la misma.
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Existen otros ejemplos de cuestionable actuación, como el Premio Nobel de Medicina
concedido al Dr. Egas Moniz en el año 1949 (1.
er
presidente de la Sociedad Española de
Neurocirugía), por su descubrimiento sobre valor terapéutico de la lobotomía en la
psicosis, práctica que fue prohibida años más tarde (1967).
Otro fue el proyecto denominado MK-ULTRA rectorado por la Agencia Central de
Inteligencia (CIA), dirigido por Donald Ewen Cameron (1.
er
primer presidente de la
Asociación Mundial de Psiquiatría y ex miembro del Comité Profesional del Tribunal de
Nuremberg), que desarrolló una teoría denominada Conducción Psíquica, con la cual se
pretendía encontrar métodos para controlar la mente.
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La Conducción Psíquica se basó
en la aplicación, sin consentimiento, de métodos como radiación, los psicodélicos, la
inyección simultánea de barbitúricos y/o anfetaminas y las descargas eléctricas al
cerebro, esta práctica no funcionó, pero como secuela dejó un número incierto de
personas con daño cerebral severo.
Desde principio del siglo XX existieron concepciones como las del psicólogo inglés Francis
Galton, quien acuñó el término eugenesia o buena raza. Preconizaba con su teoría la
reproducción selectiva de los “más aptos”, llevó a países como Suecia, Japón, Estados
Unidos, Dinamarca, Finlandia y Noruega a la esterilización a la fuerza de miles personas.
Alemania, con una rica historia de la psiquiatría, no pudo escaparse de los horrores del
Holocausto Nazi. Entre 1934 y 1939 muchos enfermos mentales fueron enviados a
campos de concentración, donde los exterminaban bajo la certificación hecha por
psiquiatras de “enfermedad incurable”. Psiquiatras como Ernst Rüdin y Alfred Ploetz,
fundadores de la Sociedad Alemana de Higiene Racial, promocionaban en 1895, el libro
de Ploetz, lo cual se usó como base para el exterminio de “incapacitados”.
El ejército nazi, necesitado de camas hospitalarias, echó mano a las ocupadas hasta
entonces por los considerados “incurables”. Se elaboró un cuestionario de una página
para cada enfermo, que una vez completados eran enviados a la valoración de un grupo
compuesto por 50 psiquiatras. Tras la valoración se decidía si el paciente debía morir
mediante la marca de una X, por lo cual se usó popularmente el término
Kreuzelschreiber o Escritores de X. En el caso de los menores de edad con enfermedades
declaradas incurables, se dictaminaban por una comisión especial integrada por dos
catedráticos y un doctor. Todos los seleccionados eran trasladados a cinco centros de
exterminio (Brandenburg, Bernburg, Hartheim, Sonnenstein, Hadamar), una vez en el
lugar los llevaban a una habitación camuflada como lavandería y morían asfixiados por
gas. Se plantea que la tarea de abrir la válvula de un cilindro repleto de monóxido de
carbono correspondía a un psiquiatra.
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Algunos profesionales (Crinis, Mauz, Kihn,
Pohlisch y Carl Schneider), preocupados por la legalidad de estos métodos intentaron
redactar una ley, liderados por Lenz, quien planteaba que podía acabarse con la vida